La sabiduría. Un don envenenado. La palabra lo delata: saber. Nace del latín sapere. Significaba tener sabor y tener inteligencia. Sabor y saber. Quien sabe, prueba. Y lo probado habita en él para siempre. Sabio. Como el sappheiros, la piedra preciosa. En ella, dicen, los persas veían el reflejo del cielo. Una claridad fría. Un orden inmutable. Pero todo zafiro guarda una sombra: puede curar la pestilencia, pero también enloquecer con su profundidad. Saber es haber probado. Y haber probado es recordar. No existe goce mayor que degustar lo conocido. No existe tormento mayor que no poder escupir su retrogusto. La paz de quien ha visto. La calma de quien nada añade. En eso se consumen las horas. En eso se extingue el sencillo ardor de la bestia.
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