Tres hombres esperaban el tren. El primero repasaba su agenda con la obsesión de quien cree que los minutos son territorios por conquistar. El segundo discutía con el jefe de estación: hablaban de demoras, responsabilidades, perjuicios. Sus palabras, afiladas, resultaban inútiles. El tercero, un hombre común -de esos que uno cruza cada día sin recordar-, había encontrado algo en lo que detenerse: una fisura sutil que recorría el mármol del andén. Los dos primeros hablaban del tiempo, ese que se mide con relojes y siempre traiciona. El tercero, en cambio, observaba la falla en el mármol. No pensaba en el tren. Pensaba en su vida. En todas las veces que había mirado sin ver. En las promesas que formuló como si fueran pagarés que nunca debería saldar. Comprendió, de pronto, que había vivido como si el tiempo fuera eterno. Como si las personas fueran paisajes inmutables, siempre disponibles. En ese instante, un rayo de sol se filtró por la cúpula de vidrio que cubría el andén e iluminó la fisura en el mármol. Ardió un segundo, nada más. Después, la luz siguió su camino. Frente a la estación, en el parque, un niño jugaba. Su madre leía sentada en un banco. El niño vio el destello fugaz en la cúpula. -¡Mirá, má! -gritó, señalando con el dedo-. ¡El techo encendió una lucecita! La madre sonrió sin alzar la vista. Tal vez la vida no sea más que esto: encontrar la herida precisa y permitir que la luz la toque, aunque sea un instante. Para que alguien, en algún lugar, pueda alzar la mirada y creer -sólo por un momento- que lo bueno puede encenderse así, de repente, como un breve reflejo en la sombra. El tren llegó. Los dos hombres subieron rápido, aún discutiendo. El tercero lo miró pasar. Dio media vuelta y caminó hacia el parque. Tenía tiempo.
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