Un hombre cualquiera abrió un blog. Le puso Espejos. No era escritor. Escribía. A la noche, a veces. O un domingo a la mañana. Cosas simples. Lo que veía por la ventana. Un recuerdo de la infancia. Una frase que se le cruzó. Pasó casi un año. Ningún seguidor. Al principio, chequeaba las estadísticas. Ese cero no cambiaba. Se preguntó si estaba haciendo algo mal. Con el tiempo, dejó de mirar. Sin darse cuenta, algo cambió. Ya no escribía para llenar un vacío. Escribía porque sí. Como se riega una planta. O se ordena un cajón. El acto, sólo el acto. La mano, el teclado, las palabras que aparecen en la pantalla. Nada más. Sin la sombra del juicio, las palabras se volvieron más verdaderas. Más suyas. No grandes verdades, sino pequeñas certezas: el sabor del café, el peso del silencio, la luz de una tarde cualquiera. Dejó de ser alguien que escribe para ser alguien que, simplemente, está. Encontró, sin buscarlo, un lugar donde no había que demostrar nada. Donde él era suficiente. Espejos, al final, no era para ser mirado. Era para mirarse. Y en ese simple reflejo, sin adornos, se encontró a sí mismo. Entero.
jueves, 23 de octubre de 2025
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
LO QUE SE QUEDA
Uno aprende, con el tiempo, que algunas cosas se quedan. Una canción. Una persona. Una playa. Un día cualquiera. Una noche. Una tarde q...
-
Uno piensa una cosa, y dice otra. O promete algo, y no lo realiza. Es una ruptura. Un desgarro. Si se repite, cansa. La opción es simpl...
-
Te pasás la vida soñando. Con la casa, con el auto, con ese rincón de paz donde todo esté en su lugar. Juntás plata, pedís créditos, fi...
-
Uno arranca por cualquier lado. No hay otra forma. Nadie sabe dónde queda el principio. Así que agarramos lo primero que viene, un día...
No hay comentarios:
Publicar un comentario