Siempre el mismo sueño. La sociedad perfecta. Un diseño de lógica impecable, donde cada vida encontrara su lugar en la pirámide. En cada época, el problema era encontrar el equilibrio entre libertad y seguridad. Creyeron encontrar la respuesta en la felicidad. Una nueva ecuación por resolver. Los arquitectos tomaron la felicidad. La usaron como instrumento. La carnada en la trampa. La promesa que nos hacía caminar hacia la jaula, creyendo que era un regalo. Catalogaron la belleza. Diseñaron el amor como un contrato eficiente. La tristeza fue borrada, como un error de sistemas. Todo fue suavizado. Todo se volvió transparente. No había dolor. No había sombras. Sólo la luz cruda de su razón. Pero hubo un fallo. Uno solo. Para ver una cosa, necesitás estar separado de ella. Y ellos, los arquitectos, también se fundieron con su creación. Los que diseñaron la trampa quedaron atrapados en ella. Ya no había distancia. Los observadores desaparecieron dentro de lo observado. La verdad se volvió invisible. No por falta de respuestas. Por un exceso de coherencia. El sistema, perfecto, se volvió ciego. Y la luz, esa que usaron como señuelo, se apagó. Para siempre. No con un estallido. Con el silencio de quien descubre que ha sido el último prisionero en una cárcel que él mismo construyó.
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