Existen montañas. Luego, más allá, otras montañas. No son antiguas. Son de cemento y luces. Muchas luces. Una cordillera que se construye a sí misma, sin fin. Cada pico es un centro comercial. Cada pasillo, un nuevo barrio privado. La luz que emana no ilumina: convence. Es un brillo persuasivo. Ofrece todo. No pide nada. La vida allí es un acuerdo. Una serie de actos precisos. Entrar, salir, elegir, llevar. La dicha es un objeto en una góndola. Se adquiere, se usa, se reemplaza. Mañana habrá uno mejor. Es un lugar sin preguntas, donde lo inesperado es una anomalía que se soluciona de inmediato. Nos establecimos en esas laderas. Nos ganó la pureza del paisaje. Las líneas rectas, los postes de luz en fila, el zumbido bajo de las heladeras. Es práctico. Es claro. Es la gran novela de lo definitivo, escrita con la tinta fugaz de la oferta del día. Y así, lo cotidiano se transforma en una superficie lisa. Sin asperezas. Una suavidad que se parece a la tranquilidad. Los días pasan frente a vidrios que reflejan otras montañas, más altas y nuevas, a las que no se accede. Porque aquí todo está a mano, pero nada se toca realmente. Las montañas más allá de las montañas no se detienen. Su avance es la medida de nuestro consentimiento. Cada templo del consumo es una elevación más en esa muralla que nos contiene. Nos cautivó la posibilidad de un paraíso y nos dieron una celda de diseño excelente. Aprobamos esta cárcel. Escogimos el resplandor controlado sobre la luz indómita de lo real. Y en medio de tanto destello, en el corazón de tanta posesión, lo único que crece es la nada. Una nada hermosa, limpia, perfumada, que adquirimos y renovamos cada día.
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