Hay una inteligencia que no se enseña. Se acumula. Es la experiencia de lo vivido. Un depósito de gestos, miradas, finales que viste llegar. No es la hoja de la margarita. No se trata del optimismo ciego de quien elige al azar. Eso no es inteligencia. La intuición es lo contrario: es la certeza silenciosa que construiste con los años. No la escuchás. La sentís en el cuerpo. Una brújula calibrada por todas las veces que te perdiste. Uno debe aprender a seguirla. Incluso cuando no lleva a ningún lado. O precisamente entonces. Porque a veces el destino no es un lugar útil, sino necesario. Escribir un texto sobre la intuición, por ejemplo. ¿De qué sirve? No cambia nada. No resuelve hambres. Pero hay un impulso, una corrección interna que pide ser obedecida. Es la inteligencia que acumulaste pidiéndote que hagas, simplemente, lo que tenés que hacer. Un acto perfecto porque nace completo, sin justificación. Y cuando eso pasa, el mundo conspira a tu favor. Lo importante es obedecer. Confiar siempre en ese mecanismo interno. En la paz de quien ya no duda.
viernes, 10 de octubre de 2025
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