Elegimos la luz. Era más simple vivir ahí. El valor lo medía lo que la luz tocaba. Lo que quedaba en la oscuridad, lentamente, dejó de importar. Nos dedicamos, entonces, a vivir para ese resplandor. Nos volvimos brillantes. Puros. El mundo se llenó de faros perfectos, cada uno irradiando su propia y solitaria certidumbre. Hasta que intentamos encontrarnos y sólo logramos encandilarnos. La luz, tan generosa para mostrar, era incapaz de unir. No permitía matices. No dejaba lugar para la duda ni la ternura. La luz que elegimos para ser vistos es la misma que nos volvió ciegos. El brillo fue nuestra más clara y definitiva oscuridad.
viernes, 14 de noviembre de 2025
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