miércoles, 12 de noviembre de 2025

CADA OLA QUE ROMPE

     Se ve la otra orilla. Eso es todo. Uno se para en la arena firme. Piensa que sería simple llegar. Un acto de voluntad. Dar un paso, y luego otro. Entregarse. Pero está el agua. La primera ola llega a los tobillos. Un frío que hace dudar. Uno puede volver atrás. Es una posibilidad concreta. Sin embargo, uno sigue. La segunda ola golpea las rodillas, hace perder el equilibrio. La duda ya no es un pensamiento, es un peso en el cuerpo ¿Valdrá la pena? Es la lucha contra la inercia de uno mismo. Llega la tercera ola. La que cubre, desorienta. No se puede evitar. Es el desafío que se vuelve inevitabilidad. Uno no la elude. La atraviesa. Bajo el agua, todo es silencio y caos. Ya no se ve la otra orilla. Sólo turbulencia. Es el fracaso de cualquier plan. Pero es ahí donde las piernas encuentran, por sí solas, un nuevo punto de apoyo. El cuerpo aprende a flotar en la caída. Es una aceptación. No una derrota. La ola pasa. Uno emerge. Tose, escupe agua salada, ve otra vez la línea lejana. Ya no se la desea con inocencia. Se la comprende. No se llega sin haber tragado agua. Sin haber dudado. Lo importante no está en la llegada. Está en la sal en la piel, en la respiración que se recupera. Es simple. Uno se lanza. Las olas vienen. Uno sigue. Eso es todo.




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