viernes, 28 de noviembre de 2025

TRANQUILIZADO

     Un hombre y su jaula. La construyó con sus manos, pero con materiales ajenos. Barrotes de "deberías ser", un techo de "qué dirán", un suelo de miedos antiguos. Afuera, la vida funcionaba. Cumplía. Jugaba las fichas en el tablero que le habían dado. Recibía palmadas en la espalda. Pero dentro, el silencio era de piedra. Y el deseo había emigrado a otras casas. Aprendió a coleccionar identidades como monedas sin valor. Creía que poseer cosas le daría peso, realidad. Pero ocurrió lo contrario: las cosas terminaron poseyéndolo a él. Su única oración era la huida hacia adelante. Y en medio de aquel vértigo, una necesidad animal de paz. Una fe desgastada. No en dioses, sino en la verdad desnuda de un amanecer. En que ser, sin más, podía ser suficiente. Él era el único que aún creía en ese milagro mínimo. Hasta que un día dejó de alimentar a la bestia de las expectativas. No hubo portazo. No hubo manifiesto. Sólo un soltar. Y al abrir las manos vacías, encontró el mundo. Tranquilizado por la belleza de lo real. El sonido de su respiración, ya sin deudas. La libertad no era un lugar al que llegar. Era el valor de habitar, por fin, el espacio pequeño y enorme que siempre había sido suyo.





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