Fabietto es un joven que escucha. Mientras el mundo napolitano estalla en voces y gestos, él se protege con los auriculares del walkman. No es música lo que busca, sino un límite. Un territorio personal donde la identidad no sea una concesión a los demás. Se construye en el reflejo de los otros. Su hermano Marchino, con su sueño de actor. La tía Patrizia, con su belleza trágica. Su tío, con sus reglas absurdas. Fabietto asiente. Afina su ser para habitar sin conflictos el mundo ajeno. Es el precio que paga por pertenecer: un éxodo de sí mismo. La máscara, usada con tanta frecuencia, termina pegándose al rostro. La desgracia llega y quiebra ese frágil equilibrio. Los espejos se rompen. En el silencio que deja la pérdida, descubre su propia ausencia. Entonces, la elección crucial: continuar siendo el personaje que todos esperan, o arriesgarse a la soledad que supone existir con autenticidad. El walkman, antes refugio, se transforma en metáfora: puede elegir qué banda sonora acompañará su vida. Fabietto se va. No es una huida, sino el primer acto de creación de un yo propio. La mano de Dios no fue sólo un milagro, sino también una infracción: el atajo que inventa su propio destino. La verdadera salvación no está en seguir las reglas, sino en escribir las propias.
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