El miedo a envejecer es ver, un martes cualquiera, que el rumbo que llevás no es el tuyo. Que en alguna curva te perdiste. El miedo no lo provocan las arrugas. Es la consecuencia de un presente usado de modo incorrecto. Como una nota desafinada: suena, pero no pertenece a la melodía. Envejecer con miedo es haber dejado de crear. Es pasar de autor a espectador. De productor a consumidor. Los días se reciben, no se inventan. Ahí reside el error. La corrección es sencilla. No un cambio, sino una toma de posesión. Un acto único. Hoy. Ceder el paso. No contestar el mensaje. Mirar por una ventana que no es la tuya. Una vez. Con eso basta. Es reafirmar la autoría. Recuperar el tono. A partir de ahí, el tiempo ya no se pierde. Se emplea. Cada año es un testimonio: un compás de la canción que, por fin, estás tocando. No hay más vejez que la de quien dejó de escribir su vida. La otra, la verdadera, es sólo el arte de tapa. La firma.
lunes, 1 de diciembre de 2025
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