La mano abre el pastillero. Siete días, siete pastillas. Es un gesto limpio. De precisión relojera. Antes, los estados de ánimo eran espacios que se habitaban. Había tiempo para sentir su temperatura. Ahora son programas. Se activan. Un hongo para la concentración: un foco de luz blanca sobre la mesa. Una pastilla para el descanso: el mismo interruptor, apagado. No hay tormentas. Hay termostatos. La pena no inunda; es una humedad controlada. La euforia no estalla; es una nota sostenida, pura, sin vibración. Al final del día, cuando la química cede y asoma el hueso viejo del mundo, está la pantalla. Es una ventana sin paisaje, sólo movimiento. Un borrón constante que calma. No se piensa. Se observa el flujo. Así hemos resuelto la cuestión. La vida ya no duele, ni ensucia. Se administra. Es bello, en su forma exacta. Y es tan quieto que, a veces, por la noche, se oye el ruido de la heladera. Ese es el sonido que queda. El del único motor que todavía funciona.
martes, 2 de diciembre de 2025
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