Hay una deslealtad que es fidelidad. Una mano, para tomar lo que llega, debe abrirse y soltar lo que sostiene. Eso no es una pérdida. Nos aferramos a ideas viejas, a amores gastados, a versiones muertas de nosotros mismos. A eso le llamamos lealtad. Pero es un engaño. Es sólo miedo. La vida verdadera sucede en los abandonos necesarios. En el valor de dejar ir lo seguro pero acabado, para abrazar lo posible. Quien se llena de certezas, se vacía de futuro. Es bueno guardar siempre un lugar vacío en la casa interior. Allí nacerá lo nuevo. La peor traición es quedarse quieto. Ver cómo algo se desangra y elegir la cobardía de no suturar ni rematar. Ofrecer sólo la inútil compasión de un testigo, creyendo que no mancharse las manos es una forma de pureza.
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