Era el reino del ahora. Todo comprimido, continuo y urgente. Lo que no entraba en el presente, simplemente, se borraba. No había antes, ni después; no había lejanía. Sólo esta luz cegadora, y la oscuridad. Pero el hombre lleva dentro un latido diferente. Necesita el silencio entre dos notas para que surja la música. Necesita la sombra para entender la luz. Recuerdo el diciembre de mi infancia. Lo importante no era la Navidad. Eran los momentos anteriores. La espera. El olor a la casa cuando se preparaba la cena. El misterio de los paquetes por abrir. Eso era lo verdadero. No la cosa, sino el vacío que la contenía. Ahora vivimos en la obsesión del punto final. Queremos el beso sin el cuento de amor que lo justifica. Queremos la respuesta sin la pregunta que le dio sentido. Así, todo se convierte en un final estúpido. Porque un final, sin el peso de una espera, es sólo un parpadeo que se apaga en la nada. Y al apagarse, nos deja a oscuras para siempre.
domingo, 14 de diciembre de 2025
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