Se viaja. Se compra el pasaje, se recorre la autopista recta, se embarca. Hay un protocolo: filas, luces, cinturones. Uno se entrega al movimiento. Lo que se mueve es el vehículo; adentro, la quietud. El paisaje se repite hasta volverse ajeno. Es el viaje de nadie. La vida allí es espera. Se confunde movimiento con dirección. Se comparte el espacio, pero cada uno habita su jaula. El vehículo avanza, y uno es su pasajero y su combustible. Lo curioso es cómo se empieza persiguiendo un faro y se termina siguiendo el destello del asiento delantero. Cómo el amor se hace costumbre. Las certezas son equipaje liviano; hasta las pesadas se vuelven aire. Hay una fatiga que no viene del esfuerzo, sino de la luz blanca que todo lo baña. En esa claridad, las cosas se desdibujan. Uno se vuelve transparente. Pero a veces, entre dos anuncios, hay un instante de falla. Es entonces cuando se ve una puerta. No conduce a un paraíso. Pero está ahí. El viaje continuará. Las ruedas tocarán la pista con un gemido conocido. Sin embargo, algo se ha quebrado. Y eso cambia todo. Porque a partir de ese instante, uno ya no viaja. Aguarda. El momento exacto en que la velocidad y el ángulo coincidan. Para desabrocharse. Para salir.
lunes, 15 de diciembre de 2025
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