Cada cual lleva una mochila. Dentro, un libro. Alguien lo puso ahí: en la infancia, en la tribu, en el aire espeso de una época. Uno lo recibe y, con los años, acaba por confundir su contenido con la voz propia. De modo que, al encontrarnos, no nos miramos. Citamos nuestro libro. Leemos en voz alta. Corregimos la cita del otro. Es un duelo de citas. No una conversación. ¡Que hermoso sería poder simplemente hablar! Pero hablar sería dejar la mochila a un lado. Quedar libre de peso. Tener los brazos disponibles. Recobrar la vertical perfecta. Las manos libres. Poder señalar algo que ambos vean: un banco, un farol, el cielo. Sin la urgencia de interpretarlo. Ese es el acto olvidado. La pausa voluntaria. El silencio compartido que antecede a la palabra. Hoy sólo intercambiamos certezas prestadas. Es un mercado ruidoso. Nadie compra, nadie vende. Sólo acumulamos gritos que no nos pertenecen. La salida es simple. Tan simple que duele. Soltar la mochila. No para siempre. Sólo el tiempo de un respiro, de una mirada, de una frase que nazca de nosotros y no de páginas ajenas. En ese gesto mínimo reside el principio. Liberarse del peso. Y del cansancio que el peso provoca.
viernes, 19 de diciembre de 2025
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