Se encontraron. Fue algo casual. Ella tenía un gesto al pensar: se enrollaba un mechón detrás de la oreja, siempre igual. Sonreía de una manera especial antes de responder. Un cambio leve, sólo suyo. Un momento breve, casi imperceptible. El movimiento de los brazos al hablar. Eso lo era todo. La mayoría busca lo parecido, lo que aparece en los catálogos. Pero él se detuvo ahí. No quiso suavizar esa parte. Avanzó siguiendo esa luz, como avanza una llave con el corte justo hacia la cerradura. Con la certeza de que la puerta se abrirá. No hubo escena espectacular. Ni palabras demasiado profundas. Hubo, en cambio, un acto de mirar. Y ver. Ver aquello que ella no decía. Que sólo él apreciaba. Y no usarlo. No intentar arreglarlo. Era quizás el único acto de fe verdadero: creer en la verdad del otro, antes que en la comodidad. Así, con esa verdad, se hicieron compañía. No se completaron; se acompañaron. Como dos piedras distintas que, juntas, equilibran una balanza. No se funden en una; se sostienen. Y eso fue el amor: un sostén, un hecho. Se quedaron juntos. No porque fueran la respuesta perfecta, sino porque aceptaron la pregunta que cada uno era. Y dejaron de buscar explicaciones. En algunos casos, sólo se puede explicar lo que no existe.
lunes, 8 de diciembre de 2025
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