Venían de donde el cariño era más caro que el oro. De la oscuridad. Y, sin embargo, en ellos había una decisión temprana: elegían la bondad. Cada día. Tenían mil razones para el rencor. Para devolver el golpe, cerrando la misma puerta que les cerraron. No lo hicieron. Prefirieron la mano abierta al puño cerrado. ¿Por qué? Porque conocían el peso exacto del desprecio, y no quisieron cargarlo en otro. Una ley silenciosa: hasta aquí llega el daño. No pasa. Eso los hacía distintos. No eran los que más tenían. Eran los que, teniendo poco, daban. Por recordar la falta. Verlos era ver a alguien encender una luz en un cuarto oscuro. No para ser visto. Para que otro no se lastime con los muebles que él ya conocía al tacto. Frente a eso, uno calla. Porque entiende: la fuerza no es dureza. Es esa fragilidad elegida una y otra vez. Es aguantar. Ahí se vence al mal. No luchando. Negándole la continuidad. Cortándolo de raiz. Un acto silencioso. Diario. Esa es la única revolución que importa. Porque todo el mundo sufre. Pero ellos decidieron que su dolor no sería el final, sino el comienzo de algo distinto. Ellos, simplemente, desobedecieron la ley primitiva del ojo por ojo, diente por diente.
miércoles, 17 de diciembre de 2025
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