Se cree que la muerte gana. Que el amor termina con el último suspiro. Pero mirá el invierno: todo parece quieto, acabado. Sin embargo, bajo la tierra dura, la raíz vive. Espera. El invierno no es el fin, es sólo una pausa. El amor verdadero no es un sentimiento fugaz. Es un acto. Es elegir construir algo junto a otro. No para poseer, sino para afirmar. Es como levantar una casa con las propias manos, ladrillo sobre ladrillo. La persona se va, sí. Pero la casa queda. No es un recuerdo. Es un lugar donde se sigue viviendo. Donde cada gesto aprendido, cada verdad compartida, es una luz que no se apaga. La muerte existe. Pero el amor es otra cosa. Es una construcción que, una vez hecha, no se derrumba. Por eso, al final, lo que perdura no es un fantasma. Es una casa tibia. Y adentro, el invierno no entra.
martes, 2 de diciembre de 2025
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