Nadie quiere que las cosas se acaben. No se levanta la mano para pedir ese final. Ni para lo que uno ve en el espejo cada mañana, ni para eso que se lleva dentro, lo que duele cuando se toca y lo que alegra sin aviso. ¿Quién querría que eso se apague? Nadie. La respuesta es esa. Punto. Entonces, el truco. La solución que no se dice. Uno se da cuenta, un día, que todo lo que quema, después se enfría. Es así. Como el café en la taza, que si no te lo tomás, se vuelve tibio y después frío. Frente a eso, lo que hacemos: lo guardamos. Pero no en un cajón. Lo ponemos en un lugar donde el tiempo no pasa. Es como sacar una foto mental: la imagen queda quieta. Ahí se queda. Ya no cambia más. Así, lo querido no se gasta. No le pasa lo que a la fruta, que madura y luego se pudre. Sigue igual que siempre. Se lo salva del "te doy si me das". Es sólo tuyo. Para siempre. La casa de verdad, la de ladrillos, la tiraron abajo. Ahora hay un terreno baldío, con yuyos creciendo. Pero eso es afuera. Si cerramos los ojos, la casa de adentro se dibuja sola, completa. La mesa ahí, la ventana allá, el lugar donde daba el sol en invierno. Eso no lo tira nadie. Entonces, uno tiene eso. Lo tiene como tiene esa primera moneda entregada por los abuelos que guardó de chico, la que puso en la alcancía y nunca se animó a gastar. Las otras monedas se usaron, se cambiaron por caramelos o para el bondi. Esa primera, la de los abuelos, no. Esa se queda. Chiquita, redonda, siempre igual. Cabe justo en la mano. Y ahí está. Para siempre.
miércoles, 3 de diciembre de 2025
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