Vivimos conectados a todo, excepto a nosotros mismos. Hemos creado redes que nos unen y nos vacían al mismo tiempo. El progreso nos dio pantallas luminosas y corazones achatados. Lo moral se volvió una opción de menú. Lo humano, un dato a optimizar. Aceptamos todo, sin filtro, y así dejamos de sentir. El dolor ajeno es ahora un contenido que se desliza y desaparece. Cambiamos la profundidad por la velocidad. Hemos confundido estar conectados con estar vivos. Construimos un mundo de máxima visibilidad y mínima intimidad. Ya no hay adentro. Sólo hay afuera. Un exterior perfecto, brillante, vacío. No sentimos nada adentro. La belleza no está en lo intrincado. Está en la pausa que no se comparte. En la mano que no busca un like. En la palabra que no se calcula. La disyuntiva es esta: Podemos seguir habitando el brillo superficial, o apagar el ruido y escuchar, por fin, el silencio que hemos llenado de nada. Ahí, en ese silencio, está todo lo que perdimos. O aprendemos a habitar nuestro vacío, o seremos, para siempre, el eco de nadie.
domingo, 28 de diciembre de 2025
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