Todo lo que comienza tiene un final. No es una tragedia: es la ley. La flor que se marchita, la luz que se retira, la conversación que termina. También mi propio dolor. Lo que perdí creía que era para siempre. No lo era. Era un dibujo en la arena. La marea llegó. El amanecer no dura todo el día. Tampoco la noche. Ahora nos dicen lo contrario. Que podemos tenerlo todo, acumular sin fin, vivir sin pausas. Es una mentira que pesa. Nos cansa. Nos hace creer que detenerse es fracasar. Pero sin final, no hay sentido. Tropezar no es malo. Es aprender. El cuerpo que cae y se levanta es el mejor maestro. No se aprende para tener más, sino para ver mejor. Aceptar no es rendirse. Es ver el dibujo en la arena y encontrar belleza en saber que el mar lo reclamará. Es querer, sabiendo que no durará. De ahí nace la verdadera fuerza: no en ser piedra, sino en ser como la luz que cambia. La esperanza es sólo esto: la certeza tranquila de que nada permanece. Lo malo no es eterno. Lo bueno, tampoco. Todo debe terminar. Por eso el instante importa. No porque dure, sino porque es. Basta con mirar. Ver caer la tarde. Y confiar, en la oscuridad, en el mecanismo exacto del nuevo día.
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