Mediados de diciembre. Días largos, calientes. El sol lo ocupa todo. En la siesta, sólo queda el sonido del calor. La ciudad se transforma. Vuelven los jóvenes. Los que se fueron. Traen otras calles en la voz. La ciudad se llena de risas conocidas. Su regreso es la promesa de que todo puede empezar de nuevo. La prueba de que hay que volver al origen para saber quién sos. La gente prepara la fiesta. Gestos sencillos. Comprar, ordenar, limpiar. Rituales que dicen: pertenezco. No es el deseo de tener, sino la voluntad de compartir. De crear, juntos, un mundo con sentido. El año no termina. Se entrega. Lo que importa ahora no es lo que obtuviste, sino lo que podés dar. Hay belleza en eso. Todos corren hacia un mismo punto: el encuentro. El fin de la soledad. Romper el yo, fundirse en un nosotros. Y en el calor de la tarde, una pausa. La sombra de un paraíso es fresca. Un grupo de amigos que volvieron pasa riendo. Su juventud no es un adorno. Es la promesa. Allí llega la fecha. Ya no es un día. Es un lugar al que se llega juntos. Se construye, como el amor. Y estalla. No en fuegos artificiales, sino en un gesto compartido: el abrazo que reconoce. La mirada limpia. Un instante de pura relación humana. Eso es lo que le gana al tiempo. Eso es lo que realmente celebramos.
viernes, 12 de diciembre de 2025
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