Vivo en la tercera casa de la calle, la última antes de que el asfalto se rinda. Mi jardín es una extensión de pastos altos y yuyos: no los corto. Prefiero su altura salvaje, su desobediencia. La casa tiene cuatro habitaciones. Yo uso una. Las otras tres custodian el aire inmóvil de las cosas que ya no sirven. Por las mañanas, el sol ingresa por la ventana de la cocina. Me siento allí. Caliento agua. Es suficiente. A veces, los pibes del pueblo pasan con sus motos. El ruido llega hasta aquí, se estrella contra la fachada y luego se desvanece. No los conozco. No los quiero conocer. Su alegría es un lenguaje extranjero, tosco. Yo tengo mis libros. Tengo el crujido de la madera en los techos cuando cae la temperatura. No es silencio: es una resonancia íntima. Hay quienes dicen que una vida necesita de otros para ser cierta. Ellos viven atados a un espejo, buscando un reflejo que los convenza de su propia existencia. Yo he encontrado un método más simple. Existo en la certeza de que cada noche, al apagar la lámpara, la oscuridad que me recibe es la misma de la noche anterior, fiel y sin preguntas. No estoy solo. La soledad es un fantasma para quienes temen su propia compañía. Yo he hecho las paces con la mía. Le he dado horarios. Es una presencia tranquila, como la de un gato que duerme siempre en el mismo lugar. No exige nada. No promete nada. Encuentro allí una especie de verdad que no se mancha con conversaciones triviales ni con afectos que exigen pedazos de tu tiempo a cambio de migajas de atención. Anoche, sin embargo, al cerrar la ventana, vi mi mano sobre el picaporte. Una mano vieja, las venas como ríos azules bajo la piel. La observé un instante, como si perteneciera a otro. Y por un latido, sólo por un latido, deseé que otra mano viniera a cubrirla. No por consuelo. Sólo para confirmar su realidad. Luego pasó. Abrí la ventana de nuevo. Respiré el aire de la noche hasta que me llenó por completo. Soy un hombre afortunado. Vivo sin dueños. Mi corazón es una habitación ordenada, donde nada se pierde porque casi nada entra. La felicidad, pienso, no es la acumulación de presencias. Es el arte supremo de prescindir. La eliminación meticulosa de todo lo que sobra. Y aquí, en esta casa al final del camino, no sobra nada. Absolutamente nada.
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