Hay tres modos de perderse. El primero: subir a un avión. Despegar. Ver cómo tu ciudad se convierte en una mancha, luego en una idea, luego en nada. El reemplazo del cielo. Otro idioma. No hace falta un plan. Sólo irse. El segundo: rendirse al sueño. Es una partida sin testigos. El cuerpo se queda en la cama, pero vos te vas. No hay boletos para ese viaje. Es un cine privado donde la película la edita un director invisible. Otro lenguaje. No podés elegir la función. Simplemente empezás a verla. El tercero: cruzar la mirada con alguien. Un instante. Algo en ese rostro -un gesto, una paz- hace un sonido seco, como algo que se abre repentinamente. Y ya no estás donde estabas. Estás en un país recién hecho, con fronteras libres y un gobierno de dos. Es un nuevo espacio que nace entre dos miradas. Tres destinos. Tres métodos para escapar de la persona que eras. Un movimiento, y tu vida anterior pierde peso. Como un sobre abierto. Siempre regresás, es cierto. Pero lo que traés de vuelta no es un souvenir, ni un recuerdo. Es la prueba. La prueba de que podés ser otro. Y esa prueba, una vez que la tenés, no hay forma de devolverla. Ahí empieza la vida verdadera. Aprendiendo a ser otro. Con esa evidencia en la mano.
miércoles, 10 de diciembre de 2025
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