Una puerta. Está el afuera, y el adentro. Abrir es un acto sencillo: permitir el paso de un lado al otro. La dificultad reside en lo que viene después. En decidir que la puerta ya no existe. Porque cuando el otro entra, algo ocurre. Se inicia una construcción, levantada con proyectos diminutos. Un “¿viste?” compartido. Un “¿y si…?” pronunciado al mismo tiempo. Un territorio común hecho de palabras. Es frágil, pero es real. Todo se derrumba si, un día, volvés a cerrar la puerta. Si decís, sin palabras: “vos allá, yo acá”. Entonces el territorio común se vacía. Los planes se extinguen. No queda nada. ¿Qué hacer? Regresar al único acto que importa. Abrir. Y olvidar, para siempre, la llave. Es ceder al otro un lugar. Un sitio que no desaparece. Ahí reside el vértigo: no en entregar la entrada, sino en abolir la salida. Porque el verdadero riesgo no es la invasión, sino la elección de no poseer más muros. La seguridad es una prisión que construimos para no enfrentar el único miedo verdadero: el de ser, finalmente, libres de ser con otro. Eso es todo. Abrir. Y después, olvidarse de que existió la puerta.
sábado, 3 de enero de 2026
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