Un vaso cae. Se rompe. Ahí están los pedazos. Obvios. Tangibles. Ese es el dolor: ver lo que se ha vuelto ruina. La cordura es el inventario exacto de lo perdido. La alegría era antes. Era la mano que sostenía el vaso, sin pensar en el suelo. Sólo sosteniendo. Confiando. Esa confianza es la locura más bella: creer en lo que aún no se ha roto. Vivimos viajando entre dos países: el país del después, frío y claro, y el país del durante, ciego y cálido. Al final, sólo hay dos hombres: el cuerdo, que estudia los fragmentos, y el loco, que bebe de un vaso que ya no existe.
domingo, 4 de enero de 2026
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