Dos de enero. Ya pasó la fiesta. Queda el polvillo sobre los muebles. Desde donde estoy, te pido la mano. Sola. No todo. La mano. Esa es la contraseña. La llave de una nación pequeña y amable. Un lugar. Ya no podés dársela a nadie. Lo sé. Entonces la hago nacer del aire. Le doy forma. No es tu recuerdo: es un puente que construyo porque elijo cruzarlo. Un acto de fe en lo que no se ve, pero se sabe verdadero. Prefiero este riesgo al abandono. La sostengo ahora, esta cosa silenciosa que inventé. Y al sostenerla, afirmo algo brutalmente simple: que el amor no es hallazgo, sino construcción. Un capricho del corazón. La decisión diaria de crear un espacio entre dos, y habitarlo. Por eso, en esta mañana clara, con esta mano de nada entre las mías, siento que todo lo esencial -el paso del tiempo, el pan sobre la mesa, el encuentro de dos cuerpos- está a salvo. No es poca cosa. Es todo.
viernes, 2 de enero de 2026
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