Una casa vacía. Paredes blancas. Una mesa. Cuatro sillas. Llegaste. No trajiste muebles ni cuadros. Abriste las ventanas. De pronto, la mesa con sus cuatro sillas se convirtió en el lugar donde me contaste tu primera historia. La luz de la tarde ya no era sólo luz. Si pudieras ver una foto de aquella casa vacía, no te fijarías en las paredes. Verías el vacío que dejó lo que ahora vive ahí. La ausencia de lo que somos ahora. No me construiste. Tomaste las piezas que ya estaban tiradas en el suelo y me mostraste cómo encajaban. Le diste un sentido al desorden. Ahora, la casa vacía es sólo un recuerdo. Una anécdota. Es el antes. Y el antes, visto desde acá, siempre parece un error que tardamos mucho en corregir.
martes, 6 de enero de 2026
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