El miedo dibuja un círculo, un límite. Pero el hombre siente un impulso: necesita lo que está más allá. Para alcanzarlo, hay una regla simple: hay que soltar lo que se tiene. No hay otra opción. Lo esencial es ese soltar. No es un acto heroico, sino un gesto casi imperceptible. La costa es un lugar ya conocido. Quedarse allí es condenarse a ver siempre el mismo paisaje. Quien parte cumple una palabra que se dio a sí mismo. No busca un premio; se mueve hacia lo desconocido llevando sólo lo indispensable. La libertad no es algo que se encuentra, sino el acto mismo de avanzar. Es el cuerpo en movimiento. Un latido. Y al final, sólo quien abandona la orilla descubre que el círculo no era una jaula, sino el horizonte que demarcaba su propio valor.
lunes, 5 de enero de 2026
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