Hemos construido un mundo en el que todo debe servir para algo. Hemos llenado cada segundo. Nos hemos convertido en productores incansables, pero cancelamos la fiesta. La fiesta no es ruido; es la pausa. Hacemos, siempre. Pero a veces nos detenemos. Dejamos el teléfono a un lado. Miramos sin buscar nada. Por un momento, dejamos de ser útiles. Sólo somos. Y ese momento es la verdadera celebración. No conmemora un triunfo: es el triunfo de no tener que triunfar. No es pereza. Es un espacio destinado únicamente a estar. Ese "no hacer" se contagia. Otros dejan caer los hombros. El apuro se desvanece. Es la fiesta de la interrupción. El mundo no se acaba; sólo calla. Y en ese silencio recuperamos el ritual de compartir un tiempo que no se mide. Lo importante no es hacer cada vez más, sino ese instante en que no hacemos nada. Esa es la fiesta más importante. No figura en el calendario. Es la única revolución. No pide gritos. Sólo pide el valor de quedarse quieto, de entrar, por fin, en la celebración. Y respirar.
martes, 6 de enero de 2026
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