Ellos nos enseñaron que dormir era lo correcto. Cerrar los ojos al final del día era más que descansar; era aceptar un trato sin leer la letra chica. Un sí a la repetición, al cansancio que se vende como éxito, a la búsqueda de más en lugar de lo necesario. Es una cárcel, donde te ofrecen almohadas "inteligentes" para que no notes los barrotes. Pero el cuerpo sabe. Guarda una rebeldía en los huesos. Es una respiración que se niega a seguir el ritmo que le marcan. En la noche, en silencio, es sólo eso: inhalo cuatro, retengo cuatro, exhalo cuatro. Un acto mínimo. No es un grito. Es el sonido suave de un interruptor que no se enciende. Es elegir no hundirse. Robarle minutos a la máquina del hacer, para simplemente ser. Es desobedecer la orden más profunda: la de apagarte cada noche para encenderte cada mañana. La vida es lo que ocurre en el ínterin. No es una trinchera, es una pausa. Es entender que la peor prisión es la que no ves, donde te piden que seas libre para consumir y rendir. Donde lo único prohibido es decir "no". Así que ellos se quedaron quietos. Y cuando el amanecer trajo su oferta brillante de días idénticos, no hubo un enfrentamiento. Sólo una negativa. Clara, simple, humana. Inhalo cuatro, retengo cuatro, exhalo cuatro. Un silencio que, al fin, detuvo el mundo.
miércoles, 7 de enero de 2026
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