viernes, 9 de enero de 2026

INTERIORES

     Hay una superficie uniforme, un lugar cómodo para los pies cansados. Allí no hay sorpresas. Le hemos dado muchos nombres a ese lugar: rutina, orden, normalidad. Pero en el fondo es sólo un refugio. En una película de Woody Allen, tal vez una de esas en blanco y negro, los personajes habitan ese plano con maestría. Conversan en cafés, discuten de arte, se enamoran con diálogos ingeniosos. Cumplen, a la perfección, el ritual de ser. Pero si uno observa con paciencia, ve el pequeño temblor en las manos al encender un cigarrillo. La mirada que se pierde un segundo. Es el instante en que la personalidad fabricada -esa que construimos para ser queridos, para encajar- hace ruido. Y asoma el vacío. Porque el truco más exitoso de nuestro tiempo es haber confundido la adaptación con la vida. Huir de la soledad del ser único refugiándose en la identidad colectiva. Ser el médico, ser la esposa, ser el ferretero. Son roles que nos prestan para no tener que inventarnos cada mañana. Nos dan un papel y debemos interpretarlo. El precio es simple: abandonar la autenticidad de ser. Un amor que no sea cálculo. Un odio que no sea teatral. Una tristeza propia, no prestada. Allen no muestra catástrofes. Muestra deserciones silenciosas. La traición no es un adulterio, es la renuncia a mirar de frente el propio deseo. Es preferir la caricatura que los otros tienen de nosotros, antes que la criatura compleja y temblorosa que realmente somos. Es un suicidio en cuotas, indoloro, socialmente aplaudido. El final, sin embargo, tiene una extraña belleza. Resuena con un diálogo simple, de una de esas primeras comedias. Un hombre, con esa mezcla de fatalismo y lucidez típica de Allen, dice: "Mi vida amorosa es lamentable. La última vez que estuve dentro de una mujer fue cuando visité la Estatua de la Libertad". La frase no es sólo un chiste. Es el epitafio perfecto. La existencia que se reduce a una experiencia turística, controlada, sin riesgos. Una postal de un amor que nunca se vivió, de un deseo que nunca se encarnó. Es ahí, en esa risa que nace del reconocimiento, donde se produce el desenlace contundente. No es una catástrofe, sino la comprensión de que ese tiburón, al que una vez en otra película se comparó el amor, ha dejado de nadar hace mucho tiempo. Está quieto, inmóvil, muerto en el agua. Siempre queda, en algún rincón del pecho, un lugarcito caliente. Una nostalgia de existir. No de parecer. Basta un momento de cansancio extremo, un resbalón inesperado, para que la superficie impecable se quiebre. Y ahí, en la ruptura, aparece no el abismo, sino la tierra. Negra, fértil, desordenada. La única desde donde puede nacer algo que valga la pena.




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