Corremos. No para llegar a un lugar, sino para escapar de otro. Cuanto más rápido, mejor. Menos vemos lo que dejamos atrás. La velocidad es un truco para olvidar. No es energía. Es cansancio. Estamos hartos de nosotros mismos. Por eso inventamos esta carrera. Queremos que el viento del movimiento apague la memoria, esa lucecita tenue que siempre está ahí, recordándonos quiénes somos. Hacemos todo liviano. Las palabras, los amores, las cosas. Así no dejan peso. Así es fácil correr. Así es fácil soltarlos. El pasado se vuelve humo. Y el humo se disipa. ¿El final de esta carrera? Será un silencio enorme. Llegaremos a un lugar completamente vacío. Y allí, probablemente, nos miraremos. No reconoceremos nada. Ni en el otro, ni en nosotros. Sólo quedará la paz de quien ha logrado perderse para siempre. Ese es el premio: la ligereza total de ya no ser nadie.
jueves, 8 de enero de 2026
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