Como ya lo ha dicho Oscar Wilde, siempre se puede ser amable con las personas que no nos importan nada. Y es cierto: esa amabilidad no cuesta, no compromete, no deja marca. El problema es cuando alguien confunde esa facilidad con una virtud y cree que ser gentil con todo el mundo es señal de una gran capacidad para relacionarse. En realidad, suele ser todo lo opuesto: una forma elegante de no involucrarse con nadie. La verdadera amabilidad no se puede repartir como si fuera un saludo. Porque ser bueno con alguien exige tiempo, atención, la decisión de sostenerlo incluso cuando molesta. Por eso se reserva para pocos. No por celos, no por posesión, sino porque el ser humano es limitado y el amor -o lo que sea que se le parezca- necesita concentración para no volverse un gesto vacío. El que es amable con todos termina siendo, sin saberlo, un pobre hombre. Cree que abraza el mundo, pero lo que hace es mantenerse a salvo. Y la paradoja final es que nunca hiere a nadie, pero tampoco es capaz de esa forma de lealtad que duele un poco, que elige, que se juega. No se trata de amar a uno solo. Se trata de entender que quien intenta querer a todo el mundo, al final, no termina queriendo bien a nadie.
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