Uno aprende, con el tiempo, que algunas cosas se quedan. Una canción. Una persona. Una playa. Un día cualquiera. Una noche. Una tarde que parece verdadera, aunque tal vez no lo sea. Un concierto. Una puerta. Una despedida. Un encuentro. Un desencuentro. Un silencio. Un grito. Un portazo. Una ola, de esas que vienen de un mar, de un enero, de un febrero, de un marzo. Todo eso se queda, sin que uno sepa bien por qué. Se queda como un aroma en el aire, como una mancha en el tiempo que ninguna lluvia alcanza a disolver. Uno cree que avanza, que deja atrás, que el mundo funciona a base de pérdidas ordenadas. Pero no. Hay cosas que aprenden a quedarse en la memoria con una paciencia casi ofensiva. No piden permiso. No avisan. Un día uno las descubre ahí, intactas, como si nada hubiera pasado. Como si el calendario fuera una mentira piadosa. Y entonces uno entiende que la vida no es lo que pasa, sino lo que se niega a terminar de pasar.
martes, 7 de abril de 2026
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