Te pasás la vida soñando. Con la casa, con el auto, con ese rincón de paz donde todo esté en su lugar. Juntás plata, pedís créditos, firmás papeles. Y un día lo tenés todo: el jardín, el perro, el asado del domingo, los vecinos que saludan. La vida ordenada como un estante de supermercado. Después, sin que avisen, dejás de soñar. No queda espacio. Sólo queda mantener lo que construiste. Cortar el pasto. Pagar las cuentas. Sonreír en las reuniones. Y en ese living perfecto, con la tele gigante de fondo, una pregunta empieza a crecer, como yuyo entre las baldosas: ¿Esto es todo? Algunos se agarran de cualquier cosa. Un amorcito de oficina. Una vuelta al mundo en veinte días. Un salto en paracaídas. La pileta, al fondo. Aguantar hasta el viernes. La pequeña escapada que tapa el vacío grande. Pero el vacío sigue ahí. Una noche cualquiera, en una calle con nombre de árbol, un hombre sale a sacar la basura. Mira su casa. Todo en orden. Todo como tenía que ser. Entonces suelta la bolsa, gira y empieza a caminar. Sin equipaje. Sin dirección. Las manos en los bolsillos. Y una certeza: Ahí ya no vive nadie. Hace años que no.
viernes, 20 de febrero de 2026
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