Afuera pasan cosas. Adentro, no. Adentro está la luz que entra por la ventana y se detiene un rato en el piso. Nada más. Uno está ahí, acariciado por la luz, en silencio. No espera nada. No piensa nada. Solo está. A veces la vida es eso. Estar. Sin hacer, sin buscar. Dejar que las cosas lleguen solas, si es que tienen que llegar. Y a veces llegan. Algo pequeño, simple. El modo en que la luz nos abriga, un aroma que viene de la calle, el ruido de alguien que pasa. Cosas que no piden nada, que sólo están. Uno las mira. Después se van. Y uno sigue. Pero por un segundo, sin que pase nada especial, todo está bien. No porque algo haya salido bien. No porque algo haya salido mal. Sólo porque eso que llegó, llegó justo a tiempo. Uno no sonríe hacia afuera. Sonríe hacia adentro. Una sonrisa pequeña, callada, que no se nota. Después la luz se va, el aroma se pierde, el ruido se apaga. Y uno sigue. Pero distinto. Aunque no se note.
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jueves, 12 de marzo de 2026
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