domingo, 1 de marzo de 2026

LA HERIDA PUESTA

     Te dijeron que no lloraras. Era una regla bonita, como esas que enseñan en las escuelas. Pero el mundo de los grandes no es un lugar donde se llore menos. Es un lugar donde las lágrimas no sirven, que es distinto. Aprendés que la gente buena hace cosas malas. Que las promesas se las lleva el viento. Que no hay monstruos debajo de la cama, sino personas, a tu lado, que callan cosas importantes. La infancia te enseña un mundo de reglas claras: esto sí, esto no. La vida de verdad es una mancha que cruza la raya sin pedir permiso. Pensé que crecer era volverse fuerte. Y no. Es aprender a llevar una herida sin que se infecte. Es mirar atrás y ver al niño que fuiste, ese que creía, y sentir ternura por su fe ciega. Hasta que un día entendés que llorar no es de débiles, sino de vivos. Que la única manera de seguir no es curarse, sino andar con la herida puesta. Que la belleza no está en las cosas perfectas, sino en esas que tienen una grieta, por donde entra la luz. Y descubrís que no hay sonido más limpio que el de tus propios pasos cuando decidís seguir. Aunque te hayan dicho que no llores. Porque al final crecer es eso: dejar de buscar un lugar donde encajar y aceptar que el único lugar que existe es el que ocupás vos, con tu peso, con tus ganas. Y descubrir que ese lugar es tuyo. Y vale la pena. Y entonces, a veces, llorás. Pero ya no importa.




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