En la madera de una puerta hay una marca. Alguien, hace años, pasó un lápiz por ahí y anotó algo. Una fecha. Un nombre. Una palabra que ya no se puede leer. Un desconocido pasa el dedo por esa marca. No sabe quién la hizo. No sabe por qué. Pero hay algo en esa línea borrosa que le recuerda la letra de su madre. La misma inclinación. El mismo pulso Y entonces entiende. No es la sangre lo que ata. No es la tierra donde uno nace. Es esto: reconocer, en un gesto mínimo de un desconocido, el mismo rostro del amor que alguien, alguna vez, tuvo con vos. Por eso se es de donde se quiere ser. Porque la pertenencia es un acto de reconocimiento, no un certificado de origen. Ese trazo es el único mapa que existe. No las casas. No los pueblos. No la sangre. Eso: un gesto mínimo que alguien eligió dejar. Y otro, años después, elige recoger. El desconocido retira la mano. Pero algo en él ya no es lo mismo. Sigue caminando. La tarde se va. La puerta queda ahí, entreabierta. Por la rendija, la luz. Adentro, todo.
sábado, 28 de febrero de 2026
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RESONANCIA
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