Una mañana uno despierta y ya está ahí: el deseo. Sin aviso. Un golpe en medio del pecho. La identidad es otra cosa. Uno la armaba con paciencia. La cuidaba. Pero siempre sobraba algo que no entraba en esa armadura. Después venía el análisis. Horas dándole vueltas. ¿Esto estaba bien? ¿Qué iban a pensar? La mente se volvía un cuarto cerrado. Y adentro, el instinto seguía empujando. Simple. Animal. Sin vergüenza. La presión social no ayudaba. Quería orden. Quería respuestas. Pero uno no era una respuesta. Uno era, a la vez, ese empuje y el que lo sentía. Perderse ahí era normal. Entonces uno abandonaba la pregunta. Cuando la tripa apretaba, no buscaba explicaciones. Se quedaba quieto. Sentía ese calor sin nombre. Eso era uno. No el relato. No el deber. Eso. Aceptar no era ganar. Era dejar de correr.
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jueves, 28 de mayo de 2026
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