Uno nace con la fuerza de la cascada. Salta, golpea, se rompe un poco. Cree que llegar rápido es llegar bien. No lo es. Después, el agua se hace lenta. Una vuelta. Otra vuelta. Las piedras siguen ahí, pero ya no duelen. Uno mira atrás y ve el barro, las crecientes, los días quietos. Piensa: todo eso fui. Y no da vergüenza. El río sigue. No sabe hacer otra cosa. El océano no es un premio. Es apenas el final del viaje. La paz no es llegar. Es saber que el agua no se detiene. Entonces sólo queda seguir. Porque no hay otro río. Y si lo encontraras -cosa rara- sería para seguir en él.
sábado, 30 de mayo de 2026
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