viernes, 3 de abril de 2026

MONTEROSSO

     El mar frente a Monterosso no tiene secretos. Es un hombre grande que respira, sin prisa. Su piel es de sal. Su voz es un golpe contra las piedras. El amor se parece a eso. O al menos eso dice la gente. Pero la gente dice muchas cosas. Fui a buscar en los libros si existe un origen común entre “mar” y “amor”. Los libros son honestos: no lo hay. El mar es cualquier gran masa de agua quieta o en movimiento. El amor, etimológicamente, significa agarrar. Dos caminos que nunca se juntan. Pero hay una coincidencia simple: las letras de “mar” están dentro de “amor”. Falta la letra “o”. Esa letra tiene forma de círculo. Para pasar del mar al amor hace falta algo que cierra. Un pescador  italiano una vez me dijo: “El mar es grande, pero el amor es más grande porque vuelve”. No supe qué contestar. Después entendí. El mar viene y va. El amor también. La diferencia es que el mar no recuerda la orilla a la que golpeó. El amor sí. No hay relación etimológica. Pero hay una relación entre dos gestos: mirar el mar es aprender a esperar; amar es aprender a quedarse. Al final, los dos se practican en silencio, con las manos vacías, frente a algo que no se puede retener.




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