jueves, 29 de enero de 2026

EQUILIBRIO

     El mundo no suma. Está hecho de partes que no anhelan. La mano no anhela. La lámpara no anhela. Son completas. El hombre contemporáneo, sin embargo, vive en el anhelo. Su vida es un catálogo de búsquedas: lo próximo, lo nuevo, lo más. Se ha convertido en una vía de tráfico constante, donde nada se detiene y todo es provisional. Quedarse quieto le parece un error, una falla en el sistema. Por eso mira el vaso y piensa en dónde comprar uno con diseño superior. Mira la ventana y piensa en un lugar mejor al que ir. Se observa a sí mismo y piensa en la versión que debería ser. Nunca está con lo que hay. Está siempre en lo que podría haber. La plenitud se le ha vuelto ajena. La confunde con la saturación. Cree que llenando el tiempo y el espacio logrará el peso de lo real. Pero sólo acumula capas de ruido. Su equilibrio es el de una vibración constante, no el de una cosa en su lugar. Así sigue. No hay un atardecer de revelación. Hay la luz de una pantalla, eternamente encendida. Hay el hábito profundo de la falta. La belleza simple de lo que es -la mesa, el aire, el latido- queda oscurecida por el insistente brillo de lo que podría ser. El todo está ahí, en el acuerdo silencioso entre las cosas que son. Pero él vive en otra parte: en el proyecto, en la actualización, en el deseo. Y desde allí, la sencillez no se ve. Sólo se ve lo próximo por conseguir. Lo "perfecto".




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