Hubo un tiempo en que ser auténtico era natural como respirar. Uno se levantaba y, sin esfuerzo, encontraba el gesto justo, la palabra precisa. La rebeldía era, simplemente, existir con una música propia. Esa época terminó: algo se apagó en la mirada de todos. Hoy todo es veloz, todo debe mostrarse. Confundimos transparencia con honestidad y así, de tanto exhibir lo que debería guardarse, nos quedamos vacíos. Perdimos la paciencia, la demora, todo aquello que no se puede compartir. Por eso hay una melancolía nueva: la de llegar tarde a un mundo donde todavía era posible tener un adentro. Es difícil construir algo propio cuando todo nos empuja a mirar hacia afuera. Pero quizás ahí empiece lo único que no se pierde. Cuando las grandes causas se desvanecen, uno vuelve a lo simple: a su propia respiración, a la forma en que sus manos escogen un objeto. Eso no puede mostrarse. Esa fidelidad a un gusto, a un silencio, es el último lugar. Nunca hubo una época para ser auténtico. Siempre fue, y será, una cuestión personal. Una música que uno elige escuchar aunque nadie más la baile.
domingo, 15 de marzo de 2026
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