Un hombre entra a una cabina blanca. Paga. Se sienta. Le colocan un visor. Afuera, el otoño despliega sobre la ciudad un espectáculo perfectamente gratuito: el sol que se aplasta contra los edificios, esa luz naranja que vuelve ricos a los pobres. Pero el hombre no mira afuera. Mira la versión mejorada. Porque el atardecer real tiene polvo en los vidrios, tiene un perro que ladra, tiene un minuto de más. El de pago viene con sonido envolvente y un botón para compartir. El hombre lo comparte. Recibe un corazón digital. Sonríe. La sociedad moderna ha perfeccionado este mecanismo: convertir en mercancía aquello que no necesita ser comprado. Cobrar por respirar. Etiquetar la puesta de sol como "experiencia premium". No se roba el horizonte, se lo vuelve irrelevante. Se lo reemplaza por una copia sin imperfecciones. Y la copia se vende. El hombre sale de la cabina. Camina dos cuadras. Un árbol suelta una hoja sobre su hombro. Él no la ve. Ya está mirando el teléfono. El sol, afuera, se apaga solo. Sin testigos. Sin tarifa.
viernes, 12 de junio de 2026
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SIN TARIFA
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