Cuando éramos chicos, nuestra madre nos miraba. Y en esa mirada había un deseo. Nosotros, sin saberlo, lo hacíamos nuestro. Hacíamos lo que ella quería, porque queríamos su amor. Y ella lo mejor para nosotros. Parecía simple. Pero nunca alcanzaba. Siempre había algo más. Otra cosa por hacer. Otra manera de ser. Y así, sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos qué queríamos nosotros. Después uno crece y se olvida. Pero el mecanismo sigue. Con la pareja, con los amigos, con el jefe. Toda la vida tratando de adivinar el deseo del otro para convertirlo en el propio. Hasta que un día, en un momento cualquiera, uno podría decidir otra cosa. Sentarse y preguntar: ¿y yo? No para tener la respuesta enseguida. Sólo para empezar a buscar. Y ahí, entre el deseo de los otros, aparece el propio. Como una luz que no pide permiso.
lunes, 16 de marzo de 2026
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