domingo, 26 de abril de 2026

CAER EN EL AFECTO

     Uno cree que amar es entender. Que si las piezas encajan, si los proyectos se alinean, si la convivencia no roza, entonces el amor está asegurado. Pero eso es administrar una empresa, no caer en el afecto. El amor romántico, ese que da vergüenza nombrar, no negocia con lo útil. No se instala en la comodidad ni se mide con el calendario. Es un error moderno mirar el amor como a un electrodoméstico que falló. Pero el amor no falla por falta de razones. Falla uno cuando pretende que sea razonable. Porque el verdadero oficio de amar no consiste en evaluar al otro, sino en sostenerlo sin condiciones, en convertir la fragilidad en encuentro, en elegir una y otra vez lo que nunca termina de elegirse del todo. El amor no es un sentimiento que pasa. Es una decisión que permanece, a pesar de la razón. Y esa decisión no necesita justificarse ante tribunal práctico alguno. Simplemente se cumple, o no. Siempre es más sencillo culpar al amor que hacerse cargo de la propia incapacidad de entregarse. Pero el amor, en sí mismo, nunca tuvo la culpa. La culpa es nuestra por querer que sea cuerdo.




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