La rutina es esa tela que abriga, pero aprieta. Uno se levanta, toma mate, mira el teléfono. Los días se pliegan como sábanas mal dobladas. Entonces aparece la necesidad de cambiar el peso de un pie al otro, sin aviso. He visto parejas que hacen la misma coreografía cada noche. Saben cuándo reír, cuándo callar. La seguridad es hermosa hasta que cansa. Por eso algunos eligen un martes, cada uno por su lado; un fin de semana, solo para volver a encontrarse. No es desamor. Es la decisión de no aburrir al otro con la propia repetición. El baile moderno no tiene pasos fijos. Un brazo que se estira sin razón. Un salto torpe que termina en el piso, riéndose. La vida debería parecerse a eso: a moverse, aunque sea feo. La rutina no es mala. Sólo que sus paredes se vuelven espejos, y uno mira siempre la misma cara. Entonces se aprende a decir no al plato de siempre, a la respuesta automática. Quedarse quieto un segundo, y girar hacia un lado que nadie espera. Porque escapar de la rutina no es llegar lejos. Es no tener un lugar fijo donde volver.
domingo, 3 de mayo de 2026
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