El gris de la lluvia entró hace semanas. Los edificios tienen el color del cansancio. La gente camina apurada, pero sin rumbo: es el gesto puro de la prisa, vaciado de todo propósito. Uno se levanta, se mira las manos. Son suyas, pero no. Algo se ha borrado. El mundo exterior es una superficie húmeda que devuelve una imagen empañada. El otro, el de al lado, es una mancha. El exceso de contacto nos ha vuelto transparentes. Por eso la lucha es minuciosa: elegir una bombilla distinta para el mate, apoyar la mano izquierda sobre la mesa, decir que no en voz baja cuando todos dicen que sí. Un día, la lluvia amaina. Una rendija al este. Entra un haz de luz sucia, casi amarilla. Ilumina el borde de la mesa. Entonces uno se sienta en esa silla. Y allí se queda.
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